El secretario de Defensa británico, John Healey, reveló el 9 de abril ante el número 10 de Downing Street que la Royal Navy y la Fuerza Aérea Real llevaron a cabo una operación encubierta de más de un mes en las aguas del Atlántico Norte, durante la cual rastrearon y disuadieron a tres submarinos rusos que merodeaban sobre infraestructuras críticas de cables submarinos y gasoductos.
La operación, considerada la más significativa de su tipo en la última década, descubrió que dos de los tres sumergibles —identificados como buques «especialistas en reconocimiento de infraestructuras»— habían invertido tiempo posicionados sobre activos de comunicaciones directamente relevantes para el Reino Unido y sus aliados. El tercero actuaba, según Healey, como señuelo para desviar la atención de las fragatas de vigilancia.
A Putin le digo esto: te vemos. Vemos tu actividad sobre nuestros cables y gasoductos. Y debes saber que cualquier intento de dañarlos no será tolerado y tendrá consecuencias graves.
La revelación llega en un momento en que la actividad naval rusa en aguas próximas al Reino Unido ha aumentado un 30% en los dos últimos años, según datos del Ministerio de Defensa. Noruega, firmante de un acuerdo de compra de cinco fragatas británicas por valor de 10.000 millones de libras, sumó fuerzas en la operación. La flota conjunta resultante —al menos 13 buques de guerra— «cazará submarinos rusos y protegerá infraestructuras críticas en el Atlántico Norte», en palabras del ministro noruego Tore O. Sandvik.
Los 60 cables submarinos que bordean aguas británicas transportan el 99% del tráfico global de internet. La OTAN ha calificado los ataques persistentes a cables de fondo marino como «la amenaza más activa» a las infraestructuras occidentales. Rusia ha negado sistemáticamente cualquier intención hostil.